Escritura correcta

"Con todo, me daré por satisfecho si habéis aprendido que si podemos decir encina no diremos árbol, que querer mucho no siempre es querer más que querer a secas, y que todos los pintores lo son a domicilio. Que la principal normativa no se halla en los manuales, sino en el sentido común, y que en puridad no aprendemos a escribir, sino a corregir lo escrito, o, por mejor decirlo, que no hay un escritor sino dos: el que escribe y el que corrige, y el segundo no puede equivocarse. Que la escritura es una imitación y no hay manantial de ideas más valioso que leer, leer y leer. Que corregir no es más que despojar el texto de toda adherencia sentimental para juzgarlo de forma implacable y así, ya sin remilgos, deshacernos de lo que nos parecía un hallazgo y no era más que un coágulo. En el fondo, y como sucede en tantos órdenes de la vida, todo consiste en no engañarse demasiado. Pensad que la escritura es un servicio. De todas las leyes que hemos visto estos días, querría que retuvierais la que dice que cuanto menos trabajado está un texto más complicada resulta su lectura. Es la única que siempre se cumple".

Fuente: José María Albert de Paco.

Sólo el silencio salva, de Luis Alberto de Cuenca

Sólo el silencia salva, compañero.
Sólo el silencia salva. Si has tenido
una noche gloriosa en que Afrodita
te ha sonreído y Baco te ha llenado
la copa sin cesar, piensa que luego,
cuando la oscuridad se desvanezca,
tus amigos se marchen a sus casas
y empiece a amanecer, sólo el silencio
va a salvarte, muchacho. Tenlo en cuenta.

De Sin miedo ni esperanza (2002)

La verdad

"Recordarás cuándo empezamos a hablar de la verdad. Era el año 2001 y yo estaba escribiendo mi primer diario sobre los diarios. Llevaba como armas seminales Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo, de Guy Sorman, un libro casi remoto del que oí hablar por primera vez a Sergio Vila-Sanjuán, que ya desde joven había leído a los verdaderos; Verdad y mentiras en la literatura, de Stephen Vizinczey, el libro del incendio (ardí vivo con él y sería el que salvase del tópico) e Imposturas intelectuales, de Jean Bricmont y Alan Sokal, los únicos autores que han entendido sin cuento la verdad de la mentira. Desde hacía tiempo daba clases en la universidad. Cuando el primer día le decía a los niños que la verdad existía y que era una, aunque puede que rota en múltiples trozos (Josep Carner), contestaban que en todas las otras aulas les habían dicho lo contrario. Y eran clases de periodismo. En cuanto al ambiente intelectual, qué decir. Lo más fino que oía al pasar era positivista ilógico. Pero los epítetos derivaban rápidamente hasta el realista ingenuo. Y al cientificista. El de esta palabra era un momento mágico: '¿Y cómo creéis que pueda darse un exceso de ciencia?, replicaba en subjuntivo'. Los jóvenes profesores de literatura se apretaban una espinilla y fluía el pus del psicoanálisis. Citaban a Feyerabend los días pares y a Kuhn los nones, y remataban, barriendo para su polvorienta casa: 'La ciencia es solo otro relato más'. La verdad era entonces una grosería intelectual y un rasgo sospechoso y desagradable de rigidez ética".

Fuente: Arcadi Espada.